Hay dos cosas que debo decir sobre este cuento:

Primero, que obtuvo el tercer lugar en un concurso de cuento y fotografía organizado por CONAFOR. La convocatoria estuvo abierta para todos los estudiantes de nivel medio superior de la ciudad de México. 

Hace unos días el director de mi escuela mandó a llamarme para felicitarme y adularme innecesariamente. Fui invitado a participar en la ceremonia de graduación de la generación que sale en enero del 2012, a seis meses de que yo terminé la escuela. Me entregarán un reconocimiento que, afirmó el director, es por demostrar un buen rostro de competitividad del Colegio. 

Gracias.

Segundo, cuando yo cree este cuento estuve inspirado completamente por una chica de mi escuela. No fue por el Aliso italiano, no fue por el dinero, no fue por tratar de probarme con el resto de jóvenes de la ciudad más grande del mundo. Es realmente lamentable que os cuente esto, porque yo soy una persona cuyos sentimientos no quieren ni deben ser escritos. Todas esas noches recitando soliloquios sin conciencia alguna de la realidad, fumando y bebiendo mientras escribo en una pesada oscuridad, no representan en absoluto lo que siento en este inútil y sobrevalorado cuento. Como si lo hacen, por ejemplo y entre muchos otros, Nicolas delirante, La escritora entre cristales y Memorias no registradas de Harry. Como sea, a nadie le importa. Y sin embargo, aún continuo sintiendome increíblemente confuso, no sé que sea este extraño sentimiento, pero estoy seguro que no es felicidad.

Ari (...) aunque no sepas de la existencia de ésto, aunque seguro ya no recuerdes como pronunciar mi nombre, y aunque quizá no sepas que me gustas y andes por ahí con otros tipos, no estoy lo suficientemente ebrio y drogado como para encontrar las palabras de agradecimiento. 




Ella estaba sentada debajo de aquel árbol, la sombra de ese maravilloso Aliso italiano cubría toda su hermosa figura. Leía un libro, sus cabellos castaños caían hasta la altura de sus hombros, las hojas otoñales resbalan a sus costados, y cambiaba de página cada vez que sus ojos grises terminaban de pasearse por mis letras. Mis letras, sí, está leyendo un libro mío. Yo la miraba inquieto desde el otro lado del árbol que sembró mi papá cuando era niño, árbol que, por cierto, es fuente de inspiración para mis pensamientos. La primera vez que la vi fue escribiendo. Mi pluma se paseaba sobre la hoja en blanco cuando mis ojos se desconcentraron y tomaron un rumbo distinto, el camino de ella. Me levanté de inmediato y escondí detrás del árbol de papá; ahí la observe leyendo un libro. Desde esa perfecta sombra pude ver lo que leía, era la novela que había estrenado el mes pasado. Qué raro –pensé- en la editorial me dijeron que era un fracasado.


A partir de entonces todos los días a la misma hora está ahí, debajo del vecino haciendo lo mismo. Una noche mientras estábamos en la cena, le comenté a mi papá sobre esa chica. Él entonces sólo me dijo algo: “mañana vamos temprano a nuestro Aliso, hijo” Y permaneció callado toda la cena. Al día siguiente por la mañana ahí estábamos, mi papá escarbo un poco cerca del árbol, sacó una caja color azul con candado, y de su camisa colgado como un collar me mostró una llave dorada. Abrió la caja, contenía algunas fotografías, un pequeño cuaderno de notas, joyas y una pluma. <<Son los objetos que almacené los meses previos de conocer a tu madre. En este cuadernillo están los pensamientos que escribí sobre ella sentado debajo de nuestro árbol, tu mamá todos los días iba a leer  en la sombre de nuestro vecino, y yo la observaba desde aquí. Tímido como siempre, hijo, hasta que un día no pude más y le hablé, entonces me di cuenta de todo>> Las joyas eran de mamá, en las fotografías sólo está ella de joven, y el pequeño cuaderno de notas tiene algunos secretos.


Más tarde esa misma noche, y con el permiso de mi papá, me dispuse a leer su cuaderno de notas:

Viernes 2 de octubre

Las hojas de mi amigo ahora son café y se mueven tambaleantes con el refrescante viento incesante, me gusta cuando se pone así, es fresco y siento su cariño. Ahí está ella otra vez, como siempre puntual a la cita con el vecino.

Sábado 16 de noviembre

Hace unas horas le hablé, fue uno de los momentos más densos de mi vida. Me paré de frente a ella, y me sonrió, es la mejor sonrisa del mundo. Se llama Laura, mañana saldremos a tomar un café.

Miércoles 4 de diciembre

Han pasado dos semanas y media desde que le hablé por primera vez. Tenemos tantas cosas en común: nuestro escritor favorito es Conan Doyle, adoramos las pinturas de Delacroix y amamos el champagne. Estoy enamorado de ella.
Domingo 30 de diciembre

Escribo en esta noche oscura y poblada de bruma debajo de mi único fiel amigo. Laura ha aceptado ser mi novia, soy el tipo más feliz del mundo. Los árboles hacen ruido ¿quieren comunicarse conmigo? ¿Qué pasa, viejo amigo? En este instante la única hoja verde del árbol acaba de caer, flotó acariciando el aire hasta llegar al vecino que ahora es, más bien, como otro gran amigo. Cayó a sus pies juntándose con sus hojas, ahora juegan, bailan y cantan al compás del bello invierno.

Lunes 31 de diciembre

Antes de ir con mi familia a pasar el año nuevo, y luego de estar con Laura para expresarle mis mejores deseos, vengo contigo, sucio árbol, amigo. Gracias a ti todas estas cosas buenas me han pasado -y lo abracé como nunca antes lo había hecho-.


Terminé de leer el resto de notas de mi papá, son increíbles. Ahora entiendo porque me enseño todo esto.


Hoy en las noticias dijeron que un huracán categoría 5 impactará el puerto de Veracruz, se han evacuado todos los lugares aledaños al lugar y nos pidieron a los que vivimos en la ciudad permanecer en casa. Papá está muy preocupado por nuestro árbol, cree que no resistirá la tormenta. El día está nublado, pronto comenzará a llover y la chica aún no llega, no creo que llegue con semejante clima y frío descomunal. Sin embargo, justo cuando di media vuelta después de mirar al cielo y soltar un suspiro, choqué de frente con ella. Le pedí disculpas y mis ojos se encontraron entonces con la sonrisa más hermosa que había visto, sus ojos grises magníficos  me observaban paseándose en mi rostro, sus cabellos castaños volaban tímidos con el aire.

-Yo…perdón, no me fijé ¿estás bien? - aún me observaba-.

-No te preocupes –dijo la chica- fue mi culpa… Yo, sólo quería hablarte-.

-¿Hablarme? –contesté emocionado- 

-Te he visto por aquí todos los días debajo de este árbol, escribiendo, creo.

-Sí... Es lo que me mantiene vivo –sonreí-.

-Soy Ariadna –me estiró su mano, su bonita y suave mano-.

-Haile, mucho gusto –y no quería soltar su mano, tan suave como el pétalo de una rosa-

-¿Qué escribes? –me preguntó-.

-En realidad no sé. No puedo explicarlo. Pero, Ariadna –cambié la conversación y pensé en decirle la verdad- últimamente sólo he escrito algo –saqué mi cuaderno con los escritos y se los alcancé-. Ella leía, conforme avanzaba sonreía y debes en cuando sus ojos se desviaban a mirarme. Comenzó a llover, una luz morada ilumino todo el cielo acompañado de un ruido tremendo que hizo temblar a todos. Mi amigo movía sus hojas preocupado.

-Gracias –dijo sonrojada- –Sabía que me estabas mirando. Estoy leyendo un libro tuyo. Es un placer conocerlo.

-Por favor –la tomé de las manos- no me hables de usted. Me gustas, Ariadna –dije rápido antes de que me arrepintiera- disculpa mi atrevimiento, pero es que me tienes como puntos suspensivos.


El cielo se ilumino de color rojo, las nubes llenas de agua se abrieron y comenzaron a caer miles de gotas gordas. Nuestros ojos se cruzaron, sus mejillas estaban rojas y su nariz parecía tener frío, quizá nervios. La lluvia cayó incesante y cada vez más fuerte. Las hojas verdes del Aliso comenzaron a caer a nuestro alrededor, a la vez que todos los demás árboles se tambaleaban pidiendo auxilio. Nos acercamos uno al otro, era el momento del bes. Pero el cielo se volvió a iluminar de rojo, y un rayo hizo explosión de lleno con el árbol vecino. Se incendió. Ariadna y yo caímos al suelo. Ella gritó  y me dijo que llamara a los bomberos, que se trataba del árbol de su abuelo, árbol que sembró hace cerca de cien años. Traté de controlarla, y fui corriendo al módulo de la policía a pedir ayuda. No obstante, jamás comprendí lo que ella sintió sino hasta que un rayo morado cayó sobre mi árbol. Miré incrédulo el incendiar del Aliso. Ariadna permanecía en el suelo, me acerque corriendo y la ayude a incorporarse, entonces ambos fuimos al módulo de la policía.


Desde la ventana de aquel diminuto lugar, Ariadna y yo tomados de las manos y tapados con unas cobijas, presenciamos uno de los mejores espectáculos que la vida nos pudo otorgar. Los árboles dejaron de hacer fuego con su vida, y el viejo Aliso de papá colapso sobre el árbol del abuelo de Ariadna. Un destello blanco espectacular se hizo entre los dos, y formaron un único y maravilloso árbol tan verde y vivo que el agua deseaba tocar. Semanas después Ariadna y yo sembramos un árbol más a un lado de éste nuevo perfecto, esperando, claro, que dure toda la eternidad.

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